Míster Honesto
– La verdad es que no sé muy bien si el tequila me gusta o no…
– ¿No lo has probado nunca? – Parece que lo que te he dicho te ha sorprendido bastante.
– No, no es eso… Es que siempre que bebo tequila la cosa se me acaba yendo de las manos y luego no consigo recordarlo…
Me sonríes, otra vez. Ni idea de cuántas van. Ahora ha sido para decirme que sabes de qué te hablo. Y yo, claro, encantado de que me sigas deslumbrando así. No puedo apartar la vista ni tampoco quiero. Te apoyas en la barandilla del balcón y las luces de los focos de la calle se tamizan a través de la balaustrada, se abalanzan sobre ti y acaban convertidas en polígonos irregulares ansiosos de reflejarse sobre tu cuerpo, de adaptarse a tus formas. La nube de humo en la que estás transformando tu segundo cigarrillo flota a tu alrededor como la neblina fosforescente de un sueño lúcido. Las facciones de tu cara, tu nariz, tus pómulos, tus ojos, iluminadas desde ángulos nuevos, adquieren dimensiones y volúmenes distintos y aun así me sigues pareciendo preciosa, tan hermosa que no sería capaz de encontrar las palabras para decir cuánto, si se presentara la ocasión. Pero creo que no haría falta, porque debes de notármelo. Seguro. Y ya hace rato que he dejado de intentar disimularlo, que lo he dado por imposible.
Estoy apoyado en la pared de una esquina del balcón, apartado, para que el vértigo no me convierta en un amasijo sudoroso de extremidades temblorosas. Tú te recreas en tu posición, en el filo del abismo, mientras me miras, para retarme, para tenerme en un puño. Y lo consigues. Estamos a un par de metros pero tan lejos como si no nos hubiésemos conocido nunca.
– Esta noche sabrás por fin si te gusta el tequila. Conozco un lugar. – Lo has susurrado porque no quieres que te oiga Cecilia desde el otro extremo por motivos que aún no entiendo, pero la calidez de tu voz me acuna y me arropa. – Haremos que sea memorable y así no podrás olvidarlo.
Me guiñas un ojo y yo tiemblo, otra vez. Apenas hace un par de horas que nos conocemos y ya conviertes cada pequeño detalle en un desafío que no puedo rechazar. Quizá me lo haya buscado. Te dije, para hacerme el interesante, que me gustan los retos, y tú te lo has tomado al pie de la letra. Te lo pasas bomba, improvisando una y otra vez formas de ponerme a prueba. Y yo también.
Alargas una mano hacia mí. Solo eso. No dices nada, no gesticulas. La dejas flotando entre los dos. Un haz de luz se filtra por los huecos de la balaustrada y estalla contra tus dedos para conseguir que la llamada aún sea más visible. Quieres que me acerque a ti, al lado de la barandilla, y pensar en estar ahí ya me hace sudar. Me mantienes la mirada. Me retas. Me desafías. Y yo ya sé lo que significa eso. Acercarme tanto a ti me provocaría un vértigo mayor que los tres pisos que hay hasta la calle. Mastico mi propia saliva, espesa por la tensión. De repente, algo ocurre. Cecilia, nuestra amiga común que llevaba meses queriendo que tú y yo nos conociésemos, se acerca y nos dice que es momento de bajar. Hoy es, sin duda, mi día de suerte, por tantas cosas.
En la primera planta el artista cuya exposición hemos venido a ver está pronunciando unas palabras. Casi todos los presentes somos amigos o conocidos, tiene muy claro que no hemos venido por su arte sino por él, pero no por eso rechaza su buen baño de atención. Es su momento. Mientras habla tú te colocas junto a mí, muy cerca. Tu coronilla queda justo debajo de mi nariz, y tomas mi olfato al asalto. Ni siquiera puedo pensar en las palabras del artista. Doy un paso hacia atrás, para alejarme un poco de ti y que mi sangre vuelva a traer oxígeno a mi cerebro. Tú tardas un segundo exacto en dar otro paso hacia mí y estás tan cerca como antes. No puedo verte pero seguro que estás sonriendo, de esa forma tuya que provoca desafío y ternura a la vez. Así no hay quien se concentre. Solo deseo que esto termine rápido y nos podamos largar, porque tenemos una cena pendiente.
– Más te vale invitarme a cenar hoy. – me dijiste, hace casi una hora, con tu índice apuntando a mi entrecejo. Otro reto, susurrado e irrechazable. Ni siquiera te ha hecho falta esperar a que aceptara. – Pero Cecilia no ha de enterarse. Prométemelo.
Como desees. Cualquier tiempo verbal que utilices para mí será imperativo. Incondicional. Luego he pasado toda la tarde disimulando como he podido mientras elucubraba sobre los motivos de tanto secretismo. Por fin el artista pronuncia las palabras de despedida y el brindis final. Ha llegado el momento. Ya nos vamos de aquí.
Me dices que ahora vuelves y te escabulles hacia el final de la sala. Supongo que sé dónde vas. Cecilia viene casi corriendo y me coge del brazo.
– Mi marido y yo nos vamos a cenar. Tú te vienes con nosotros. Y le dices a Raquel que se venga contigo. Invítala.
– Ehm. Yo no puedo. Ya tengo plan.
– ¡Ufff! ¡Pero qué soso eres! – enfatiza ese “soso” con eses muy largas y casi gritando. Arruga la nariz y enseña los dientes mientras niega con la cabeza. Es su forma de hablar, de hacer reaccionar a los demás para motivarles. – ¿Y dónde tienes que ir? Te dije que no te buscaras ningún plan. ¿O es que no te gusta mi amiga?
– Pues, si me hubieras avisado, igual no hubiera hecho planes y hubiera venido mejor vestido, más arreglado. – Eludo su última pregunta, quizá por prudencia, quizá porque responder pondría en riesgo el secretismo que prometí cumplir.
– ¡Si te lo llego a decir no vienes! ¡Que te conozco y eres un amuermao! – De verdad que es un encanto de mujer. Es solo que la diplomacia no es lo suyo. – Mírala, ahí viene. ¡Qué guapa es, ¿eh?! Dile que se venga a cenar. Tienes que ser tú quien la invite.
Esto va a ser divertido. Vienes de frente y me recreo observando tu forma de caminar. Tú te das cuenta y parece que te aplicas a conciencia en tus zancadas, en tus golpes de cadera, en tu cadencia. Me encanta tu desvergüenza.
– Dice tu amiga Cecilia que quiere que cenemos con ellos. Que te vengas con nosotros.
Arqueo un poco una ceja y encojo los hombros. Es lo único que puedo hacer sin delatar tu secreto para decirte que no tenía otra opción y que es una encerrona.
– ¡¿Pero qué forma de invitar a cenar a una chica es esa?! – Cecilia me golpea con la mano abierta en el brazo. Suena en todo el hall, cada vez más vacío. – ¿Es que nunca has hablado con una mujer? ¿Así cómo va a aceptar? ¡Por eso estás soltero!
Está exagerando, con toda claridad. Ha llegado su momento y está montando su numerito. Lo que a mí me preocupa es cómo vas a reaccionar tú, cómo nos vas a sacar de esta. Espero que seas ágil o nos quedamos sin cena. Al menos, sin la cena que habíamos planeado.
– ¿Y tú qué le has dicho?
Esa es toda tu respuesta. Arqueas la ceja y te encoges de hombros, igual que hice yo. Me dejas el balón a mí a un minuto del final del partido. Creo que no podremos ganarlo.
– Ya sabes cómo es Cecilia cuando se pone. – No. Esta no era la jugada maestra que necesitábamos.
– Pues tendremos que cenar, ¿no?
Suenas desganada, aburrida, casi desmotivada. Como si esa cena surgiera como un obstáculo del destino. Como una contrariedad. Y justo por eso, porque suenas tan diferente, me doy cuenta de que estás fingiendo, de que lo haces para que Cecilia crea que es así.
– Otra sosa, ¡mírala! ¡Menudo par de dos! – Nos coge de un brazo a cada uno y nos lleva hacia la calle. – ¡Si no los junto yo no se juntan ellos!
En diez minutos estamos sentados en una mesa demasiado pequeña para los cuatro, en un bar demasiado ruidoso, con demasiada gente, pero estamos tan a gusto que nada de eso nos importa. Sobre todo cuando Cecilia y su marido empiezan a contarte anécdotas sobre mí. Sueltas tantas carcajadas seguidas que me alegro de haber sido tan torpe y tan pardillo toda mi vida. El repaso a mis grandes éxitos de meteduras de pata provoca en ti una exhibición completa de toda tu gama de risas que tiene un efecto balsámico en mis cansados ojos. El vino corre con tanta prisa como el tiempo y sin darnos cuenta ya va llegando el momento de terminar.
– No te olvides del tequila que tenemos pendiente. – me sueltas, casi a bocajarro, en un hueco en que les pillas despistados. Me has vuelto a alegrar la noche.
En la puerta del bar, Cecilia y su marido se hacen los cansados. Dicen que tienen que irse a dormir, que ya no están para tanta fiesta.
– Seguid vosotros, y ya me contáis. – Definitivamente, la sutileza no es el fuerte de Cecilia.
Se van calle arriba y tú te quedas callada mientras se alejan. Ella mira hacia atrás varias veces; se ríe, levanta las cejas, me hace gestos con la cabeza que no deja lugar a dudas. Tú sigues disimulando mientras enciendes un cigarrillo, hasta que llegan a una esquina y se pierden por el callejón.
– Vas a flipar. El mejor tequila de la ciudad.
La campanada que lo desencadena todo. Tus manos alrededor de mi codo, como caballero y damisela. Tu cuerpo, recostado contra el mío al caminar. Mi vértigo, recordándome lo cerca que estás. Nuestra ruta, de bar en bar, cada vez más difícil de trazar en línea recta. Los locales pequeños, con poca gente y camareros amables. La música que anima mis pies y tus caderas. Mis manos que toman tu cintura. Las tuyas, sobre mi pecho, que empujan para alejarme hasta la distancia justa, increíblemente cerca pero demasiado lejos. El repaso de arriba abajo que mis ojos te hacen, sin pretenderlo pero sin querer evitarlo. La prisa que empiezo a sentir. Y la sed.
Ya me había fijado en tu figura, por supuesto, pero ahora me resulta más impactante, más presente. Eres una verdadera maravilla, moldeada a cincel.
– Vaya, gracias. Ya comienzas a soltarte. – ¿Es que he dicho eso en voz alta? – Tú tampoco estás nada mal. Y sí, lo has dicho en voz alta.
Te ríes. Te ríes de mí. Y me encanta. No hay burla en tu risa, no hay malicia. Solo sorpresa. Y yo me río contigo. Me agarras de la mano. Acabas de tomar una decisión sobre algo y vamos a llevarla a cabo, sea lo que sea.
– Es el momento. Tienes que beberte ya ese tequila o no podrás recordarlo.
Tiras de mí entre la gente. Mis dedos se cuelan entre los tuyos y puedo sentir la fuerza con que los aprietas. Vista desde detrás también pareces una obra de orfebrería fina.
– ¡Jajaja! ¡Estás desatado! – ¿Otra vez lo he dicho en voz alta? – ¿Es que ni siquiera puedes distinguir entre pensar algo y decirlo?
Ahí está, de nuevo, tu sonrisa, ácida, luminosa, tentadora, turgente, evocadora. Capaz de guiar un barco en una noche sin luna y de hacer que todos los marineros se lancen por la borda sin dudarlo. La sonrisa con sabor a sal y a brisa. Tu sonrisa. Mi perdición.
– ¿Hablas así siempre? – Te has parado frente a la puerta de un local y has tardado unos segundos en encontrar las palabras que buscabas. En ese tiempo tu expresión ha pasado por varios niveles de sorpresa y de duda, y yo he podido verlos y disfrutarlos a medio metro de ti. Voy a tener que fijarme mucho para dejar de decir en voz alta mis pensamientos. – Eres muy bueno con el requiebro.
Das un paso hacia la puerta junto a la que nos hemos detenido, la abres y todo el local se gira a mirarte. Una inmensa mayoría de los presentes levantan una mano en forma de saludo y tú se lo devuelves mirando a ninguna parte. Avanzas entre las mesas y los taburetes mientras tiras de mí, y acabamos al final de la barra, detrás de un pilar, en un rincón aislado del resto del mundo. Al otro lado del mostrador aparece un mastodonte con un torso como una mesa de billar y el cuello como un barril de cerveza. Cuesta encontrar un lugar en toda la piel que tiene a la vista en la que no haya tatuajes. Me lanza una mirada de arriba abajo que me hace sentir ridículo. Me presentas. Él me tiende una manaza con la que podría convertirme en zumo de un solo apretón.
– ¿Qué pasa, crack, figura? – Recibimiento estándar de macho alfa. Ya sé a qué atenerme. Me siento pequeño, insignificante, en este taburete.
– Mi ex. – Hubiera preferido que la situación fuese totalmente distinta. Y creo que he vuelto a decir esto en voz alta. – ¿Distinta? ¿Por qué? No te preocupes, aquí estaremos bien. – Se confirma. Voy a necesitar ser extremadamente cuidadoso. – Chipi, tequila. Ya sabes de cuál.
¿Chipi? ¿Qué clase de nombre es Chipi? ¿Ese morlaco se llama Chipi? ¿He dicho algo de esto en voz alta? Observo muy atentamente todo lo que pasa a mi alrededor. Nadie reacciona a mis últimos pensamientos. Creo que he conseguido dejarlos a buen recaudo.
El tal Chipi trae todo el material en bandejitas de madera tallada. Vasos, limón, un salero y una botella de tequila con dibujos étnicos de gran colorido. La primera ronda consta de tres chupitos. El mastodonte se da por invitado, y me parece bien. Paso uno, la sal; sencillo. El segundo, el trago, siempre me pilla por sorpresa. El tequila tiene un sabor tan horrible que la única palabra que puedes verbalizar, el único pensamiento que puedes sacar en limpio, es “¡Otro!”. Como un chiquillo al que zarandeas en un juego de forma tan brutal que, al volver al suelo, solo dice “¡Otra vez, otra vez!”. Por eso hay que chupar un limón después, para terminar con ese sufrimiento, para disolver eso que envenena y embriaga. Tú me estás mirando, de nuevo, como si estuviera diciendo todo esto en voz alta; te echas a reír, con esa risa cantarina que suena a campanas de porcelana, y pones tu mano en mi muslo derecho. Chipi me lanza una mirada de desprecio, resopla por la nariz como un bovino fiero y astado, y se va a otro lugar del bar donde ser útil.
– Eres el tipo más honesto que podría llegar a conocer. – me susurras, en medio del ruido del local, mientras sirves más tequila. Esta vez, solo dos vasos. – El alcohol te quita las defensas.
– El alcohol inutiliza mi cuerpo pero no distorsiona nada más. Si hago algo borracho que no hubiera hecho sobrio, es algo que sereno no me atreví a hacer, pero que sí deseé. El alcohol nunca es una excusa, no me transforma, solo me quita lastre.
– Brindemos por eso.
Otra vez, la sal, el trago infame y el limón. Empiezo a recordar por qué no suelo beber tequila. Hay muchas cosas en el local que comienzan a dar vueltas, y no sé si sería capaz de calcular la distancia a la que se encuentran. Solo sé que estás aquí, a mi lado, con tu taburete pegado al mío. He pasado mi muslo por detrás de ti, de forma que estás entre mis dos rodillas, muy cerca. Me encanta cómo te desenvuelves, cómo sirves los chupitos, cómo lo observas todo, cómo oscilas suavemente al ritmo de la música, cómo me miras y te ríes mientras yo te observo en silencio. ¿O no estoy en silencio? Da lo mismo, me encantas tú, y si estoy diciendo todo esto, mejor.
– El próximo chupito, chico encantado y sin filtros, es distinto. Tienes que tomártelo así, tal como te voy a ir diciendo. – Solo pones un chupito y es para mí. Coges el salero. Lo agitas sobre tu cuello y tu clavícula. – Toma la sal de aquí.
Un clásico. Me mantienes la mirada. Me retas. Me desafías. Si tuviera mis facultades mentales intactas estaría analizando lo que significa esto, elucubrando y dudando. Pero ahora solo tengo en mente los granos de sal que han quedado en tu piel. Rodeo tu cintura con mis brazos y acerco mi cara a tu garganta. Me zambullo en tu pelo, en tu olor, y recorro tu yugular con la punta de la lengua. Me deslizo por el tobogán infinito de tu cuello de garza y tú lo estiras para facilitarme la acción. Compruebo varias veces la superficie, para asegurarme de que no queda rastro.
– Ahora el tequila.
Apenas me aparto de ti para zamparme el chupito en un impulso rápido. Sigue sabiendo a rayos, me estremezco y resoplo por la nariz, como hizo Chipi antes de marcharse.
– Y el limón.
Coges la rodaja y la colocas entre tus dientes. Lo último que recuerdo es el sabor de tu sonrisa, ácida y turgente, y el calor y la dulzura con que recibe a la mía.
Cuando abro los ojos ya hay luz en mi habitación. Mi cabeza parece haber sido perforada en varias direcciones y rivaliza con mi estómago en ver cuántas vueltas puede dar por minuto. Pero no es eso lo más molesto. Lo que me ha despertado es el zumbido de mi móvil. Lo cojo sin ser capaz ni de pensar en ello.
– ¿Pero qué coño le has hecho a Raquel, pedazo de cabrón? – Es Cecilia. Está gritando, mucho más de lo habitual.
– ¿Qué? ¿Cómo? ¿Qué?... ¡¿Qué?! ¿Qué ha pasado?
– Acabo de hablar con Raquel, para ver qué tal lo vuestro anoche. Dice que fatal, que eres un capullo. ¿Qué has hecho?
– No puedo recordar nada, Cecilia… ¿No te ha dicho nada más?
– Yo a ti te mato, te mato matao. Esa chica es un bombón, un ángel. Pensaba que eras un caballero, pero ya veo que no…
– Cecilia…
– De Cecilia nada, a mí no me hables.
Y cuelga. Empiezo a hacer memoria. A hacerla de verdad, a esforzarme, a escurrirme los sesos. Reviso el móvil, por si tuviera su número. Quizá alguna llamada suya, o mía, para intercambiarlos. Nada. El estómago me está matando. Cualquier cosa que pueda evocar me servirá de pista. Retuerzo mis neuronas y aparece una imagen, de Chipi, gritándome “¡Quítale las manos de encima!” y apuntando con su índice a mi entrecejo. Juraría haber pensado en ese mismo momento que ese dedo era del tamaño de un vaso de cubata. Después de eso recuerdo haber salido corriendo de ese lugar. También me viene a la mente tu cara, con los ojos cerrados, la boca abierta y transfigurada en un gesto que parece de dolor. Y en el fondo de todo eso, una sensación de vergüenza infinita, de decepción profunda e insondable.
Debajo de mi oreja acabo de descubrir un arañazo, o un golpe. Una herida que ha sangrado pero que ya no. ¿Qué he hecho? Dios mío, ¿qué he hecho? La angustia me domina y lo que lleva un rato dando vueltas en mi estómago decide que es el momento de salir por el mismo lugar por el que entró. Doy tres zancadas hacia mi cuarto de baño. Hay luz. Hay sonido. Una voz que canturrea. Entro. Tú, frente al espejo. A medio vestir. Te estás secando el pelo. Ya no recuerdo la arcada ni la angustia.
– Buenos días, Míster Tequila. ¿Qué tal la resaca?
Estoy perplejo. También bastante contento de que estés bien, pero sobre todo perplejo. Ordeno las preguntas. La primera es obvia.
– ¿Qué le has dicho a Cecilia?
– ¿Ni buenos días me das? ¿Qué ha pasado con el tipo encantador de anoche?
– Perdona, buenos días… – Es otra de tus bromas, y me sonríes en cuanto rectifico. Estás relajada, como si nada de lo que recuerdo hubiera pasado. De hecho, parece que nada haya pasado.
– Esta mañana tenía varios mensajes suyos. Es muy buena persona, ya lo sabes, pero es muy pesada. Si le digo que he dormido aquí viene a darnos un abrazo conjunto. Le he dicho que no fue bien para que no esté encima de los dos. Ya me entiendes.
– Por eso no querías que le dijera que íbamos a cenar…
– Eso es.
– Entonces, las cosas que recuerdo a medias… ¿Chipi me gritó?
– Bueno, creo que no le gustó que nos besáramos en su bar… Se puso celoso. Es un poco bruto. Lo que más dijo que le molestaba es que fuese con un tipo como tú. No entiendo a qué se refiere.
– ¿Yo salí corriendo?
– Salimos los dos, juntos.
– ¿Y este arañazo?
– Bueno, el arañazo te lo hice yo, perdóname. Anoche, a altas horas. – Me guiñas un ojo. Ya recuerdo lo que ocurrió. Me sonrojo.
– Creo que ya sé cuándo vi tu cara transfigurada…
– ¿Eh?
– Y la vergüenza… Creo que físicamente no estuve a la altura.
– Lo estuviste, yo ya estaba al tanto de lo que podría pasar. Me avisaste. Tu cuerpo no tolera el tequila. Pero tu mente sí. Y sobre todo tus manos. Salimos del paso bastante bien. Lo que más me sorprende es que todo, absolutamente todo lo que me dijiste ayer era cierto. Ha sido un honor conocerte, Señor Honesto. Ahora me marcho, antes de que vuelva a llamar Cecilia.
– ¿Ya te marchas? Esperaba que desayunáramos juntos.
Te sorprende mi propuesta. A mí me ha sorprendido decirla. Te ruborizas. Aparece de nuevo tu sonrisa, turgente, ácida, capaz por sí misma de curarme la resaca y de devolverme al estado de euforia de hace unas horas. La sonrisa total, que provoca desafío y ternura a la vez. La sonrisa que miraría durante horas y que besaría durante días. La sonrisa por la que bebería tequila cuantas veces hiciera falta. Esa sonrisa. Justo esa que tengo frente a mí.
– Sigues pensando en voz alta.
– No, esta vez lo he hecho a conciencia.
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